Alza la cabeza, dulce amada mía, Transita por las sendas de la vida Con dignidad principesca, No olvides cuánto fuiste querida, Recuerda que fuiste tú Quien con el alma partida Y amando con insufrible amor, Al amor dijo que no Precipitando una despedida… Reúne tus pocas fuerzas y no dejes de recordar cuánta admiración descubrías en los ojos que llegaste a amar, al mirarlos a hurtadillas… Siéntete…
¿Sabes, amigo mío, cuán hermoso es tener, En pruebas duras y en momentos de alegría, En la tenebrosa noche o a la luz del día, Un amoroso Padre hacia quien correr? ¡Oh, si supieras que Él nunca pone excusas Para apartar su mirada de los pobres harapos De quienes con sed y hambre le buscan, Molidos por la carga de sus muchos pecados! Lo sé porque yo, hundida…
¿Cómo hacer para vivir sin ti? Dime, cómo hacer Para dejar de ver Tu rostro en mis recuerdos. Para arrancar una a una Las palabras que hoy me abruman, Las promesas que pudieron Derrumbar mi fortaleza. Dime cómo olvido ¡Porque yo no sé! Trato de reunir mis fuerzas, A mi orgullo convoqué Y sólo acude la tristeza Y la agonía de saber Que tal vez Jamás a verte…
Déjame volar, Padre mío, a donde el cielo es más amplio, y el mar, más inmenso, y el aire más tenue, y el frío más denso… Déjame correr hasta desfallecer sobre la blanca arena… Déjame sobre ella caer Y llorar como se debe, mi pena… Déjame gritar mis razones Entre los sollozos del corazón partido, Allí donde sólo tú oyes Los secretos más escondidos… Déjame preguntar y juzgar, Déjame…
Debo decir que te amo, Debo reconocer Que el amor vedado a mis sentidos, En mis sentidos se ha instalado, Inundando todo mi pobre ser de un pesar insospechado… Que esta determinación De encasillarte en la amistad Es una descabellada razón Que no hace más que golpear Las puertas del corazón para cautivar mi voluntad… Tal vez sea mi propuesta una quimera, Quizás sólo una locura mía…
Tú me dices que me quieres, Y mi alma enamorada Pone en cada letra sus alas, y se queda embelesada… Tú me dices que me quieres Y yo no alcanzo a comprender, La hondura de lo que sientes, Pues si amas al querer, Yo, de ti, no lo sé… Y así este sentimiento Nacido a destiempo, Se alimenta de palabras Que no tienen gran sustento… Pues… El…
Hoy no obedeceré Al corazón inflamado de dolor, Sino al dictamen de la razón Que me invita serenamente a probar Si lo que dices, es. Cuánto en realidad vale esta amistad Que reafirmas querer. Callaré mi voz, Extrañamente no me oirás; Me habré ido de tu dimensión Y sabré entonces la verdad, La real inclinación de tu corazón. Contaré los días, y seguramente Sufrirá el alma esta agonía…
Nunca, ni aunque tuvieses mil años, Y adquirieses acabada experiencia En los sentires del corazón, Sabrás hasta qué punto ha llegado La decepción que sufro hoy. Si tuviese mi infantil inocencia Ojos que pudieses distinguir, No sostendrías su mirada ante la sorpresa que en su dilatación podrás descubrir, porque la engañaste sin escrúpulos, sólo te importó tu propio sentir, me hiciste la víctima de turno, y yo… ¡yo que…



















